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-OPINIÓN-

¿SINDROME DE VIETNAM?
Por Odón de Buen

NOTA: Este artículo fue escrito para el Hijo del Kalifornia (www.elhdelk.org) y fue publicado en el No.14 del 4 de Julio de 2003 (en las primeras semanas de la Guerra de Irak) y lo volvemos a publicar en el Reporte de la Transición Energética porque la reflexión lleva a asuntos que, en el fondo, pueden determinar la transición energética.

Una de mis ciudades favoritas, por una variedad de razones, es Washington, la capital de los Estados Unidos. De esa ciudad me gusta particularmente el llamado Mall. El Mall, para quienes no han estado en Washington, es un hermoso y arbolado conjunto de grandes parques a lo largo de un eje que va del edificio del Congreso hasta el monumento a Lincoln y que separa al Río Potomac de la zona dominada por edificios de agencias de gobierno y, en particular, de la Casa Blanca.

Hace poco más de dos años, de visita en la ciudad, aproveché para caminar por el Mall y visitar los monumentos a los héroes americanos. Era una tarde de verano, con una leve brisa, sin mucha humedad y con mucha gente en los alrededores. En el extenso terreno de pasto verde bajo el Obelisco, un monumento a George Washington que está frente a la Casa Blanca, grupos de jóvenes universitarios, en equipos mixtos, jugaban hasta diez partidos distintos de softbol. Más adelante, en sentido contrario al edificio del Congreso, cruzando entre más jóvenes y más partidos, caminé hasta llegar al lago artificial al que remata el monumento a Abraham Lincoln, presente en un mausoleo con su figura sentada e impresionante. Precisamente, en la plataforma frente a la enorme figura de este héroe barbado, se han dado los discursos más importantes de los movimientos sociales americanos, como aquél de Martin Luther King sobre su sueño de igualdad o los de las grandes manifestaciones contra la Guerra de Vietnam.

No lejos del monumento a Lincoln se encuentran dos instalaciones que recuerdan a los soldados americanos caídos en aquella guerra de Vietnam. Una, la más famosa, es la pared circular de mármol negro brillante que tiene marcados los nombres de los soldados norteamericanos que perdieron la vida hace más de treinta años. En esta estructura de más de treinta metros de largo, quizá más que la interminable lista de seres humanos muertos en Indochina, el drama toma forma en las personas que llegan hasta aquí a buscar y tocar las ranuras sobre el mármol con el nombre de alguien que fue su esposo, su hermano, su padre o su hijo. Estas personas, cuando menos en el momento de mi visita, eran mayores de edad y pocos ocultaban su emoción.

La otra construcción, un grupo de figuras humanas de tamaño poco mayor al real, muestra a un pelotón que camina, agotado y bajo la lluvia, cargando mochilas y armas y mirando hacia los lados del camino, más con la vista perdida que atentos a una emboscada del enemigo.

En esta instalación, a diferencia de los jóvenes que en la tarde luminosa jugaban pelota o de los mayores buscando nombres en la pared, lo que dominaban eran grupos escolares de secundaria y personas mayores. Fueron, precisamente, los escolares de secundaria, caminando más bien ocupados en mirar a sus compañeras o compañeros, con ropa sobredimensionada y cargando enormes vasos desechables con refresco, que me hicieron pensar en un hecho que me parecía paradigmático: que para estos jóvenes la guerra ya no tenía, como lo fue generación tras generación, las implicaciones que para sus antepasados. En otras palabras, para estos jóvenes, a diferencia de sus padres o de sus abuelos, la guerra no los había marcado como generación.

Aquí, para mí no cabe lo que ocurrió en Kuwait, Panamá, Haití, Somalia y hasta Afganistán, donde tropas americanas entraron en acción. Éstas no fueron largas campañas con muchas bajas. Quizá lo que me inclinaba a pensar en las guerras que marcan a una generación completa fue la memoria, muy presente en mi recorrido por estos monumentos, de una conversación que presencié muchos años atrás en una sobremesa en la casa de mis parientes en Nuevo México y que me mostró lo inmerso que puede estar una sociedad en estos asuntos.

En esa conversación, que pasó por historias de mi tío Benito González sobre sus encuentros cercanos con tropas japonesas en Filipinas y sobre su colección de rifles de caza, se relataba, por parte de uno de mis primos, sobre un soldado que iba acompañando a un artillero en un helicóptero en una misión en Vietnam y que, al ser herido el artillero y empezarse a caer del helicóptero, el soldado de la historia lo intenta rescatar, quedando expuesto a fuego enemigo, recibiendo una bala que le entro a la cabeza por atrás y que quedo depositada, sin lastimar órganos, entre las dos mitades del cerebro.

Seguramente, esa conversación, con lugares, armamentos, momentos y personajes distintos, se habrá repetido millones de veces en hogares norteamericanos por décadas, muchas veces referidos con orgullo de generación en generación.

Sin embargo, precisamente por el costo humano y la derrota final en Vietnam, el ánimo de guerra americano había disminuido por casi tres décadas y los jóvenes, ya sin padres involucrados masivamente en misiones militares en otras tierras, dejaron de oír estas historias de manera cotidiana.

Todo esto pasó por mi mente esa tarde calurosa de verano al ver a esos jóvenes norteamericanos recorriendo distraídos los monumentos al sacrificio de sus compatriotas de generaciones pasadas en guerras ocurridas años antes de que ellos nacieran.

Sin embargo, aprovechando quizá este olvido y la tecnología de destrucción que han desarrollado en estos treinta años que han pasado desde que los últimos helicópteros americanos despegaron con gente colgando sobre la embajada americana en Saigón, los ánimos de guerra de los Estados Unidos se ha revitalizado y hoy, tras derrotar al ejercito de Saddam Hussein, el futuro americano toma una nueva cara, vestida de uniforme militar y cargada de una parafernalia de armas y municiones que lo mismo matan de uno en uno o a miles en masa. Esos mismos muchachos que vi esa tarde son, ni más ni menos, los primeros candidatos a participar en esta nueva era.

Esta guerra contra Iraq, iniciada y ganada en su etapa destructiva con grandes y poderosos arsenales, empieza a mostrar la cara desagradable del principio de una nueva era en la que se está comprometiendo a varias generaciones de americanos para jugar un papel que sólo algunos avizoran, para el que pocos están preparados y que tiene graves implicaciones para quienes son “americanos”: el de policía planetario.

Ya vemos, sobre las ruinas de Bagdad, a los jóvenes americanos, aquellos que reprueban en geografía, tratando de controlar una ciudad de cuatro millones de extraños, tratando de distinguir a un iraquí de un palestino suicida, tratando de entender los símbolos de una sociedad ajena y desmoronada. El ejército americano está preparado, como lo está mostrando fehacientemente, para atacar de lejos o desde las alturas, como si fuera un juego de computadora, no para controlar urbes tomadas a sangre y fuego. Hoy dia en Iraq aparecen los guerrilleros y la ocupación de Iraq, que permite a Estados Unidos—si pueden controlar el vandalismo y el pillaje—controlar la segunda reserva más importante de petróleo del mundo, se complica y no deja de otra a los políticos americanos que decir que no será corta y requerirá de muchos soldados por mucho tiempo.

Muchas preguntas me surgieron cuando las primeras bombas cayeron buscando a Saddam: ¿Será tan fácil como parece? ¿Entrarán como héroes a Bagdad después de matar a cientos y quizá a miles? ¿Podrán entrar y salir en unos meses? ¿Cómo llenarán el vació de poder que resultará de la salida de Hussein? ¿Podrán detener los ajustes de cuentas entre grupos internos? ¿Podrán controlar las tentaciones de Turquía, de los kurdos y de Irán? ¿Y qué asegura que no sobrarán mártires, como ya ocurre en Palestina, que se inmolen ciegamente en el nombre de lo perdido?

No sé, por lo tanto, si tendré la oportunidad, otra vez en una tarde de verano, de poder caminar por Washington, ver un juego de softbol en los parques frente a la Casa Blanca y ver de la misma manera a los jóvenes adolescentes americanos. Esta vez, quizá, me los imaginaré en la sobremesa familiar, viendo las imágenes cotidianas de vehículos militares en llamas en las pantallas de la TV, platicando del vecino muerto o mutilado mientras circulaba en su Humbee, y los veré reflejados en esas figuras metálicas frente al monumento a Lincoln de jóvenes cansados, cargando sus armas, pero enfrentados al calor extremo del verano de Mesopotamia, temerosos de tiradores que aparecen de la nada cargando un viejo lanzagranadas o de suicidas cargados de explosivos, lejos del verde de los campos de sus amores, de sus autos de ocho cilindros, de sus barbeques en shorts, de sus “reality shows”. Iraq my dear friends, anda dando vida nueva al viejo síndrome de Vietnam

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Transición Energética
 Actualizado el martes, 17 de abril de 2007