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-OPINIÓN-

La demanda en la planeación energética en México o la construcción de un portafolio sumamente desbalanceado.
Por Odón de Buen

Una de las mayores barreras a las que se enfrentan los esfuerzos de un país para ahorrar energía es la falta de información sobre cómo la consume.

Saber en qué, dónde, cómo, cuando y con qué se consume la energía es información básica para poder establecer medidas de uso racional de la energía. Primero que nada, en qué se usa: para tener movilidad, para iluminarse, para tener confort, etc.. El dónde nos ubica en el contexto y lo que cuesta la energía en ese contexto: no cuesta lo mismo llevar gasolina a una localidad en la frontera de México con Estados Unidos (donde, seguramente, se usa gasolina importada en precios del mercado americano) que al DF (donde la gasolina viene de refinerías de PEMEX que usan petróleo mexicano). El cuando es clave, especialmente cuando lo que se demanda es electricidad: no impacta igual al sistema eléctrico una luz prendida a las cinco de la tarde en verano en Guanajuato que una en Sinaloa. Finalmente, el con qué es, quizá, la cuestión más importante: si es nuevo o es viejo (los refrigeradores comprados hace diez años consumen, cuando menos, dos veces más electricidad que uno nuevo), si es grande o es chico (no es lo mismo un Hummer que un VW Sedán) y si está bien instalado o mantenido (por ejemplo, es muy posible que un calentador de gas dado esté operando a menos de la mitad de su eficiencia porque lleva años sin mantenimiento)

Así, mientras que en países como México se habla con gran precisión de volúmenes millonarios de barriles de petróleo escondidos a miles de kilómetros en el fondo del mar, no hay funcionario público alguno que pueda insinuar siquiera una evaluación simple sobre cuál es el potencial de ahorro de energía del país. Así, si le preguntamos a cualquier funcionario en la Secretaría de Energía de México sobre cuánto se podría ahorrar en electricidad por un programa masivo de cambio de refrigeradores o de sacar de circulación a los autos chocolates, es poco posible que pueda siquiera dar una respuesta hecha con cálculos simplificados. Seguramente, quizá, nos recite la capacidad instalada en electricidad, gas natural y petróleo y los nombres de las instalaciones en construcción.

Es evidente que en México, en la preparación de las diversas prospectivas que se integran sobre los distintos energéticos que se utilizan en el país, dominan las visiones de las grandes empresas de oferta energética, es decir, de las empresas eléctricas y de PEMEX. Así, las prospectivas abundan en detalles de la demanda agregada de energéticos y de las instalaciones que se requerirán en los próximos diez años para satisfacer proyecciones hechas con información muy agregada sobre lo que pasa del otro lado del medidor o más allá de la bomba de gasolina.

¿Alguien sabe en México cuántas casas se podrían aislar térmicamente de manera rentable para reducir su consumo de aire acondicionado? ¿Alguien ha estudiado o puede decir dónde, por ejemplo, se pueden obtener datos de las eficiencias características de los calentadores de gas con cinco años de operación? ¿Alguien tiene un valor que nos refiera cuánto de la demanda eléctrica se va a motores eléctricos en la industria mexicana?. Yo supongo que las respuestas a las tres preguntas no llevarían a ninguna autoridad en particular y, en su caso, a algún entusiasta estudiante de posgrado que batalló para hacer algunas estimaciones con muy poca información.

No es difícil imaginarse, por lo tanto, que exista un exagerado desbalance entre lo que se propone invertir en aumentar la oferta y lo que se presupuesta para explotar el potencial de uso racional (o inteligente, como ahora se dice por la CONAE) de la energía. Así, las inversiones en plantas eléctricas, líneas de transmisión, ductos de gas natural, plantas para manejar gas natural licuado y toda la infraestructura de oferta energética tiene un lugar preponderante en la planeación energética. A su vez, las acciones e inversiones para reducir la demanda quedan en segundo plano y sujetas a los ánimos de quienes (cambiados con exagerada frecuencia) integran los programas nacionales en los temas de energía.

Sin embargo, eso no altera el hecho de que, por ejemplo, los precios actuales de las lámparas ahorradoras (ayudados por las tasas de interés actuales) hacen que sea más barato pagar para ahorrar un kilowatt-hora que comprarlo, con todo y subsidio, de la empresa eléctrica.

Es curioso, pero es posible que hasta los mismos inversionistas y promotores de infraestructura de oferta sean víctimas de esta “ceguera de planeación”. En los últimos meses se ha leído en los medios que, por un lado, los llamados “Productores Independientes” (que le venden electricidad a la CFE) no han vendido a la CFE lo que habían previsto y, por otra, que CFE está posponiendo el las licitaciones para nueva capacidad.

¿No será que los programas de ahorro de energía—a pesar del escepticismo de muchos en el sector de la energía—estén dando los resultados que siempre hemos supuesto los que los hemos empujado y que, por no estar monitoreando lo que pasa del otro lado del medidor, no pudieron detectar que la demanda no iba a tener los crecimientos que se estimaron en el pasado?

En los hechos (y con decisiones basadas no en mediciones o estudios detallados sobre su peso en la demanda, sino en el sentido común que los marcaba como los equipos de mayor consumo), México mejoró notablemente en diez años la eficiencia de los principales equipos eléctricos (refrigeradores y motores) y ha desarrollado programas que fomentan iluminación más eficiente en hogares y comercios. Precisamente, la CONAE acaba de publicar una evolución de los impactos de algunas de estas normas y lo ahorrado en energía eléctrica en diez años por las NOMs de eficiencia energética equivale a dos años de consumo de electricidad de todas las casas del país.

Creo que es muy claro de que en México se deben dedicar más recursos a estudiar y entender lo que ocurre del otro lado del medidor o más allá de la bomba de gasolina. No hacerlo hace correr el riesgo de—como parece ocurrir—que se hagan inversiones de más que solo se cargan a la economía nacional.

Me queda la pregunta, sin embargo, de qué es lo que estarán pensando los candidatos a la Presidencia de México que están ofreciendo reducir los precios de la energía. ¿Tendrán medido su impacto en la demanda?

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Transición Energética
 Actualizado el jueves, 23 de marzo de 2006