-Reporte de la Transición Energética-

Al trabajo en dos ruedas

Por Martín Gómez.

En punto de las 6:15 A.M. suena mi teléfono celular, que hace las veces de despertador; hoy miércoles, de acuerdo con mi programa semanal, me corresponde asistir al trabajo en mi vehículo de dos ruedas, aquel de la misma marca con el que Lance Armstrong conquistara siete veces el “Tour de France” y le diera la fama como el mejor ciclista de la historia.

Desde la noche anterior he dejado todo listo: dos burritos para la hora del lonche, la ropa de ciclismo, etc. Pero no será fácil, pues el termómetro marca 27 grados Fahrenheit (unos -3 C) en el exterior y la sensación térmica (aquel proceso por el que nuestro cuerpo pierde calor ante el efecto de convección del aire) indica que la temperatura es de 22 F (-6 C). Tomo un desayuno ligero: un plátano, dos huevos cocidos y un vaso de leche con chocolate serán mi combustible (no es bueno realizar alguna actividad física con el estomago vacío).

Así es que inicio el ritual de las capas, cual cebolla: voy poniendo, una a una, las 4 que por el momento espero me mantengan confortable durante mi trayecto de aproximadamente 55 minutos hasta la oficina. La primera de ellas es la capa base, fabricada de poliéster que pretende traer la humedad de la superficie de mi cuerpo y conducirla al exterior; posteriormente, me pongo la base térmica, hecha en su mayor parte de lana, la cual me servirá para mantener el calor en mi cuerpo; la tercera capa es mi jersey de ciclismo, de manga larga, que sirve también como segundo retenedor de calor, y finalmente una chamarra que sirve como escudo térmico y repelente del viento.

En la parte inferior el proceso es un poco más simple: ropa interior larga y térmica, fabricada con fibras sintéticas y un poco de lana, unos shorts con acojinamiento ligero (para evitar molestias en salva sea la parte) y un pantalón térmico para ciclismo serán suficientes. Para los pies: un par de calcetas térmicas y mis botas de “camping” térmicas que funcionan bien, pues la bicicleta cuenta con pedales de plataforma convencionales. Para la cabeza, una especie de pasamontañas fabricado con un material ligero pero aislante y mi casco serán suficientes; unos lentes claros hacen la función de parabrisas y, finalmente, guantes de lana delgados como base y unos guantes para esquiador serán los encargados de proteger mis manos de la intemperie y de las propias palancas de los frenos que también resienten las bajas temperaturas.

Son las 6:45 A.M., ya hay suficiente luz solar como para usar las lámparas, e inicio mi recorrido; el carril exclusivo para bicicletas me ofrece una rara sensación de seguridad, aunque no es una garantía, me ofrece suficiente distancia lateral con los autos que me rebasan. Parece ser que las capas de ropa funcionan bien, aunque con un poco de incomodidad, y después de un rato empiezo a transpirar. Tras 12.5 millas (alrededor de 20 km) de pedaleo moderado, cubiertas en unos 55 minutos, pues el camino en su mayor parte es cuesta abajo, llego a mi oficina donde he dejado ropa y cosas de baño en un archivero; por suerte tenemos una regadera, lo cual me permite tomar una ducha rápida, antes de mi hora de ingreso a las 8:00 A.M. (OK, tal vez estoy listo a las 8:05).

Sin embargo, al momento de venir pedaleando, tengo tiempo de pensar un poco si todo esto vale la pena y decido emprender un pequeño análisis de los beneficios que obtengo al hacer el esfuerzo de venir expuesto a dicha temperatura y dejar el auto en casa. Lo dejo para el medio día, aprovechando mi media hora de lonche.

Así es que inicio el análisis buscando los datos de emisión y de consumo del tipo de automóvil que poseo -un Jeep Liberty 2004-; por fortuna, todo lo que requiero lo encuentro en la página de Internet de la Agencia de Protección al Ambiente de los Estados Unidos (http://www.epa.gov/greenvehicles/Index.do). Luego, elaboro una hoja de cálculo muy sencilla y la alimento usando los índices de consumo y emisión que recién encontré. Un primer análisis me indica que por cada viaje sencillo de 12.5 millas, es decir, casa-oficina o viceversa, estoy consumiendo, aproximadamente, tres cuartos de galón de combustible; el rendimiento combinado estimado (o gas mileage, como le denominan en inglés) es de unas 17 millas por galón.

Asimismo, en dicho trayecto emito alrededor de 7 kilogramos de gases de efecto invernadero, lo cual -para ser sincero- me impresionó bastante; respecto a otras emisiones, los números tal vez no son tan impresionantes; sin embargo, estoy abatiendo alrededor de 52 gramos de monóxido de carbono (CO), 0.875 gramos de óxidos de nitrógeno (NOx) y 0.125 gramos de partículas.

Respecto al costo del viaje unitario, lo estimo en alrededor de los 1.75 dólares, pues considero el precio de la gasolina en 2.39 por galón, un poco más bajo del promedio, pues soy miembro del club de uno de los hombres más ricos del mundo (donde se puede adquirir un frasco de mayonesa de 4 kilogramos, el cual se maneja con dificultad en la mesa al momento de preparar unos hot dogs), pues como sabrán, a diferencia de México, en los Estados Unidos existen decenas de marcas diferentes de combustible y cualquiera puede expender gasolina, claro cumpliendo con la normatividad y los permisos correspondientes.

Hablemos ahora un poco del factor salud: según cientos de páginas de Internet y los estándares más o menos reconocidos de consumo energético humano por actividad física, el montar una bicicleta por una hora para una persona de mi peso (el cual omito por vanidad o pena, según la perspectiva) está en el rango de las 750 hasta 1,200 kilocalorías, o calorías cortas, como los nutriólogos, elegante y abreviadamente, las denominan.

Tomando en cuenta lo anterior y mi velocidad promedio, y a fin de no sobrestimar mi esfuerzo, conservadoramente determino que mi consumo de kilocalorías es de unas 900 por cada viaje sencillo o, en términos alimenticios, digamos que esto equivale a una buena torta cubana con su respectivo refresco. Por otra parte, si tomamos en cuenta que un gramo de grasa corporal contiene 9 kilocalorías, entonces de acuerdo con el ciclo del Señor Krebs -y si consideramos, en forma ideal, que toda esta energía proviene de la grasa acumulada en mi cuerpo-, entonces estaría deshaciéndome de aproximadamente 100 gramos de ésta.

El siguiente paso es llevar estos datos unitarios a potenciales (aunque personalmente odio decir “potencial”, porque son como los propósitos de año nuevo, que nunca se cumplen y sólo están ahí para recordarnos lo informales que podemos llegar a ser y lo que nos estamos perdiendo por nuestras informalidades), por lo que en la tabla siguiente se presentan algunos escenarios anuales posibles.



En este caso, el potencial total lo obtengo considerando 52 semanas por 7 días, que da por resultado 364, al cual resto 104 correspondientes a sábados y domingos, 10 días de vacaciones (o dos semanas) y 10 días extras, ya sea por ser feriados o por cualquier otro motivo que no asista a trabajar, lo cual nos da el resultado de 240 días. En el caso de los siguientes números, los determino con un estimado de 50 semanas y considerando si voy a la oficina en bicicleta ya sea desde 4 días (que correspondería al 80%) hasta únicamente un día (20%). El renglón inferior corresponde a valores unitarios para cada día.

Así es que después de revisar los resultados encontrados, recapacito en los mismos y llego a la conclusión de que el esfuerzo físico vale la pena y que, por mi parte, sí recomendaría a todos aquellos que puedan, quieran y cuenten con las facilidades, que dejen su auto, al menos un día en casa y se monten en estas maravillas de dos ruedas, cuya producción estimada, según organismos competentes, supera los 100 millones anuales de unidades.

Finalmente, dan las 4:30 de la tarde e inicio el proceso de cebolla, una vez más, aunque la temperatura parece más benévola (unos 34 F ó 1 C). Pero en esta ocasión instalo luces -dos frontales blancas: una en mi casco y otra en el manubrio, y dos posteriores rojas: una en mi pequeña cajuela y la otra en mi chamarra. La ley de la ciudad obliga a contar con al menos una luz delantera y una trasera de dichos colores. El regreso cuesta arriba será más largo, la diferencia de cotas entre mi origen y mi destino es de 145 metros, con unos 45 minutos en condiciones de total obscuridad, iluminada esporádicamente en tramos por el alumbrado público. Así, emprendo mi camino con la convicción de que gracias a mi bicicleta y el esfuerzo realizado, contaré con unos dólares más en mi bolsillo, unos kilos o libras menos en mi abdomen y, sobre todo, con la satisfacción de aportar mi grano de arena en el abatimiento del cambio climático.

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Transición Energética
 Actualizado el miércoles 24 de febrero de 2010