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-OPINIÓN-

Más allá de las urgencias energéticas de Centroamérica.
Por Ing. Odón de Buen R.

Centroamérica es una región que comprende siete países y una población cercana a los 30 millones de personas. Es una región con gente extraordinaria, hermosos paisajes, en permanente transición, formada por países pequeños donde los desacuerdos internos han llevado a guerras, con desastres naturales que han detenido el desarrollo económico por varios años y con una posición de dependencia energética respecto del resto del mundo. Sin embargo, es una región que busca seriamente ponerse en sintonía con el contexto económico mundial y tener una mejor calidad de vida.

Ubicada en los mapas entre México y Colombia, la región está hoy sujeta a los vaivenes de la geopolítica en el Continente Americano. Por un lado, está cercana a la ratificación generalizada de un tratado de libre comercio que incluye a Estados Unidos y a República Dominicana y que, por lo mismo, la hace estar económicamente más cerca de Norteamérica. Por otro, ya recibió la visita de Lula, quien les animó a tomar más en serio la idea de ampliar su uso de etanol, del cual Brasil es una potencia mundial. Por supuesto, Hugo Chávez ronda por allí con sus ofertas de crudo barato (con pagos a largo plazo a pagar con compras de productos y servicios venezolanos). México, finalmente, tiene una gran influencia cultural entre estos países con raíces culturales muy cercanas y se metió con fuerza al ruedo en fechas recientes en el tema energético al plantear un ambicioso proyecto de una planta de refinación que cubriría, prácticamente, las necesidades de la región.

Sin embargo, los problemas energéticos de la región no se resuelven con todo el etanol brasileño, ni con los “regalos” de Chávez ni con la refinería de PEMEX. Sin duda, estas ofertas podrían reducir marginalmente—en el corto o en el mediano plazo—los precios que tienen que pagar los centroamericanos por sus combustibles, pero este es un problema que no puede verse nada más desde la oferta. Basta nada más con explorar algunas de las características de cómo y en qué se consumen esos energéticos para entender que la región, más allá de buscar solamente fórmulas para bajar—más allá de los precios en el mercado internacional—los precios de los combustibles, puede ubicar y aprovechar grandes y rentables oportunidades del lado de la demanda para reducir su factura energética.

Por mucho, en el centro del impacto de los altos precios de la energía está el uso que tiene en el transporte de personas y mercancías. Precisamente, por tener en la mayoría de los países un mercado liberalizado de los hidrocarburos, los precios de los derivados del petróleo reaccionan inmediatamente a las señales que mandan los mercados internacionales. Por lo mismo—más allá de los altos precios que ahora pagan por gasolina y diesel—un aumento de precios por la crisis de Irán o por la huelga de trabajadores en Nigeria le pega de inmediato a los bolsillos de los dueños de vehículos en la región y, por reacción en cadena, desata las presiones a los gobiernos, en particular de los transportistas, quienes tienen precios controlados y cuyos márgenes de ganancia dependen del precio del combustible.

Nada más asomándonos a los equipos que utilizan esos combustibles nos encontramos con una de las grandes oportunidades de reducción de los impactos de los altos precios del petróleo. Por un lado, a excepción en cierta medida de Costa Rica, los vehículos de transporte público que mueven a las poblaciones en las ciudades de la región son desechos de otros países más desarrollados. El caso más evidente es de la Ciudad de Guatemala, donde una de las zonas más elegantes de la ciudad es circulada por unos “diablos rojos” que parecen sacados de deshuesaderos de vehículos para ser puestos a circular. También está el caso de Nicaragua, donde el sistema de transporte colectivo son vehículos desechados de los sistemas escolares de Estados Unidos. Esto lleva a pensar que, con vehículos nuevos y modernos, se podrían lograr reducciones de más del 20% del consumo actual en el servicio de transporte público en, prácticamente, toda la región.

Por supuesto, si se animan de veras a mejorar el transporte, la alternativa más adecuada sería la de mejorar no solo los vehículos sino mejorar todo el sistema de transporte público. Esto es, obviamente, más complicado, pero sería lo más adecuado porque ayudaría a resolver otros problemas relacionados, como los de los tapones a la circulación que resultan de la “lucha por el centavo” entre choferes en una misma ruta. Afortunadamente, ya los técnicos de la región promueven iniciativas (en Costa Rica, en Guatemala y en Panamá) que parten de ejemplos de sistemas que aprovechan las grandes avenidas con vehículos articulados de alta eficiencia, como el de Curitiva (Brasil), Bogotá (Colombia) y León (México). Además, ya los bancos de desarrollo están buscando como apoyarlas.

El otro gran problema relativo al transporte en Centroamérica tiene que ver con los automóviles privados cuya población ha crecido mucho más rápido que la infraestructura para su circulación y estacionamiento. Esta es una situación que refleja la mejora de las condiciones económicas en la región, en particular la estabilidad económica que resulta en bajas tasas de interés que permiten la compra de vehículos a plazos, pero que también se refleja en una creciente congestión e ineficiencia en el transporte.

Sin embargo, este crecimiento del parque vehicular se da con dos patrones que no son los más favorables en cuanto al consumo de petróleo. Por un lado, la población con más recursos se compra vehículos grandes que circulan con capacidad de sobra y desperdicio de energía. Por otro lado, la población con menos recursos se compra vehículos usados, con rendimientos disminuidos de combustible. Como ejemplo, nada más en Guatemala (el país más grande de la región) la mitad de los vehículos que entraron a circular en 2005 fueron de segunda mano. Además, la venta de estos vehículos el año pasado casi duplica la del año anterior (93% según notas periodísticas), aumentando el parque vehicular en más de 65 mil vehículos, lo que se refleja en los crecientes congestionamientos en la Ciudad de Guatemala.

Por supuesto, sería beneficioso ampliar el portafolio energético de la región y reducir su dependencia de combustibles importados. Por eso las posibilidades que se ubican en los biocarburantes (el etanol y el biodiesel) son tan atractivas y están siendo consideradas seriamente como una de las alternativas. Sin embargo, la rentabilidad de estas inversiones está fuertemente asociada al precio del petróleo que, aún y cuando ha mantenido un precio alto por más de dos años, corre siempre el riesgo de desinflarse y, con ello, poner fuera de competencia a esas alternativas—y, de paso, hacerle perder dinero a quienes tomen el riesgo de las inversiones.

Como es de imaginarse, los responsables de la política energética de la región están bajo mucha presión y muy preocupados por darle alternativas a los políticos. Desafortunadamente, los políticos quieren soluciones de las que se vean pronto y que no afecten intereses poderosos o con capacidad de hacer ruido. Por eso mismo las posibilidades de quitar presión social con etanol brasileño o con petróleo venezolano aparentemente más barato o con refinados de PEMEX producidos en la región son abrigadas por los políticos, aunque sea mientras se hacen evidentes sus desventajas.

Afortunadamente, con cabal conocimiento que no son ni las únicas ni las mejores soluciones en el largo plazo para los problemas de factura y dependencia energética de sus países, los técnicos de la región buscan y analizan lo que otros han hecho para reducir la intensidad de consumo de petróleo y ponerlo en práctica en sus países.

Por supuesto, los técnicos necesitan que los políticos trabajen con ellos para que la sociedad acepte las soluciones alternativas. Sin embargo, no creo que no esté de más que los políticos los escuchen con un poco más de paciencia.

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Transición Energética
 Actualizado el lunes, 30 de enero de 2006