El
destino de la Comisión Nacional para el Ahorro de
Energía: ¿Lo que la tijera se llevó?.
Por Odón de Buen R.
En
estos días en México los periódicos y los servicios
informativos nacionales traen como uno de sus temas principales
los elementos del presupuesto para el Gobierno Federal para 2006.
Por
un lado, está el tema de los ingresos. Aquí se plantean
como variables inciertas (con perspectiva pesimista) la evolución
de los precios internacionales del petróleo (que pueden seguir
bajando), así como la actividad económica de nuestro
vecino y principal socio comercial, los Estados Unidos (la cual
es posible que vaya a la baja también). Esto significará
que PEMEX no podrá traerle a la operación del gobierno
los dineros que le ha traído en los últimos dos años
y que la economía no generará los impuestos que el
gobierno necesita para operar. También en el lado de los
ingresos está el asunto del aumento de los impuestos, como
el de los refrescos y los cigarros.
Del
lado de los egresos están las múltiples necesidades
reales y las exigencias políticas. Así, tras definirse
como prioridad al rubro de la seguridad (a la que se le dará
un aumento) y, entiendo, a las inversiones en PEMEX (para que no
se caiga una fuente muy importante de ingresos para el gobierno),
se está buscando ahorrar dinero reduciendo algunos gastos,
entre los que se cuentan los de servicios personales pero también
bajándole a los gastos a ciertos rubros. También se
plantea la posibilidad de reestructurar áreas y eliminar
las que son innecesarias.
En
esta lógica y contexto, en los periódicos se habla
ya de una posible redefinición de las funciones de la Secretaría
de Energía, incluyendo el convertirla en una subsecretaría
en la Secretaría de Economía, lo cual no es descabellado
aunque quizá no sea la mejor estrategia.
Visto
desde una perspectiva de eficiencia y efectividad, la Secretaría
de Energía (SENER) es sumamente vulnerable. Débil
ante los grandes monopolios estatales, con cambios frecuentes de
titular (en los últimos seis años hubo cuatro, incluyendo
a Felipe Calderón), disfuncional en lo interno, con pocas
cosas que presumir y, por lo mismo, sin poderse establecer como
el eje de la transición energética, la SENER requiere
de un serio planteamiento y este es el momento de hacerlo. Seguramente
el nuevo equipo que la dirige se encuentra muy ocupado en estos
menesteres.
Ahora
bien, si se habla de hacerle eso a la SENER ¿qué se
estará pensando hacer con la Comisión Nacional para
el Ahorro de Energía (Conae)?.
Desde
una perspectiva de prioridades de largo plazo, la existencia de
un organismo como la Conae se justifica. El ahorro de energía
y el aprovechamiento de las energías renovables, además
de su valor como elementos para una mayor eficiencia de la economía
y su desarrollo sustentable, son el centro de las estrategias mundiales
para combatir el cambio climático y esas son las actividades
centrales de la Conae.
Si
de rentabilidad se trata, las evidencias de la rentabilidad social
de la Conae son muchas. La existencia y operación de la Conae
ha logrado reducir la demanda del sector eléctrico en varios
miles de Megawatts (equivalente a varias plantas eléctricas
grandes), evitado la necesidad de generar mucho más de 50,000
millones de kWh y la de quemar decenas de millones de barriles de
petróleo, todo esto con un presupuesto relativamente modesto.
Sin
embargo, el problema es que la Conae vive de “rentas de edificios
viejos” a los que no se les ha invertido. Un ejemplo esto
es lo que ha sucedido con su sitio de Internet, otrora pieza fundamental
de su estrategia de funcionamiento, la cual ha caído en su
tasa de crecimiento anual desde 2003 (año en el que todavía
duplicaba el número de accesos años a año).
Así, en 2004 crece 33% mientras que en 2005 crece menos del
10%.
Las
razones para ese deterioro son muchas y no corresponde abundar sobre
las mismas en este momento. Solo podría decir que la Conae
ha sido víctima de las formas de funcionar de la burocracia
mexicana (con el partido que sea), en donde se privilegian las lealtades
y los favores sobre las necesidades reales de las instituciones.
Y,
entonces ¿qué con la Conae?
Para
mí queda claro que se tiene que renovar. Esto parece que
es la voluntad de quienes la tienen ahora a su cargo. Hay hasta
quien me ha referido que se pretende que la Conae crezca y que abarque
todo lo que tiene que ver con energías renovables (incluyendo
biocombustibles y electrificación rural). Esto es loable
y ojala y ocurra.
Sin
embargo, con resultados más asociados a su inercia que a
su efectividad actual, en un contexto de recursos muy limitados
donde los dineros están muy competidos y donde predominan
las prioridades de los grupos políticos sobre los de las
instituciones, quizá lo único que pueda salvar a la
Conae sea, precisamente, el privilegiar a las lealtades y los favores
sobre las necesidades reales de las institución. Eso sería
una enorme lástima.
Cosas
veremos, pues.
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