Es un hecho
irrefutable que un aumento a los precios de los energéticos,
en particular de los combustibles para el transporte, es una medida
impopular con efecto directo en las clases medias que tiene auto
y con efecto indirecto en los más pobres (que no tienen
auto).
Por lo mismo,
este es un asunto que pone a los políticos y a los economistas
muy nerviosos en México. Para los políticos, la
posible pérdida de popularidad y de perder posibilidades
para seguir compitiendo para puestos públicos es una preocupación
mayor. Para los economistas (y, de paso, también los políticos)
el temor del desajuste de las grandes variables económicas
como la inflación y las tasas de interés les pone—con
buenas razones—los “pelos de punta”.
Sin embargo,
en México tenemos cuatro problemas fenomenales que tenemos
que resolver a riesgo de que se “nos caiga el sistema”:
la poca recaudación fiscal, la caída de la producción
petrolera, la significativa y creciente importación de
gasolina, y la gran dependencia del automóvil en la movilidad
urbana.
Los hechos
relativos a la producción petrolera y a las importaciones
de gasolina son contundentes en el sentido de que algo se tiene
que hacer.
En primer
lugar, la producción petrolera de México está
en descenso, a una tasa de cerca de 5% por año (Fig. 1).
Esto significa que el volumen de petróleo que sirve para
tener ingresos petroleros se reduce en cerca de 10% anual (por
aquello de que la mitad de la producción se exporta) lo
cual representaría cerca de 36 mil millones de pesos (vendidos
a 60 US$ el barril).
Figura
1. Producción promedio diaria de petróleo
de México

Fuente:
PEMEX
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En
segundo lugar, México importa ya 40% de la gasolina que
consume (cerca de 350 mil barriles de gasolina la día—o
56 millones de litros diarios) (Fig. 2).
Figura
2. Producción nacional e importaciones de gasolina
en México

Fuente:
PEMEX
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A
su vez, esta gasolina tiene que ser importada a un precio mayor
al que se vende en México (Fig. 3).
Figura
3. Precios promedio anual de gasolina regular sin plomo
en Norteamérica

Fuente:
Energy Information Agency
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Suponiendo,
de manera conservadora, que el diferencial de precio con respecto
a Estados Unidos (que es de donde se importa la gasolina) es de
10%, esto quiere decir que se subsidian aproximadamente 0.07 U$/litro,
lo que, multiplicado por 56 millones de litros diarios, nos da
cerca de 14 mil millones de pesos al año.
Esto quiere
decir que el gobierno mexicano tiene que tomar de lo que recolecta
de impuestos cerca de 14 mil millones de pesos al año (considerando
un diferencial de precio de 0.75 pesos por litro) para cubrir
ese diferencial (y que sale de lo que se paga de impuestos).
Entonces,
como quien dice, se deja de ingresar 36 mil millones por la caída
de la producción petrolera y se regalan 14 mil millones
por el diferencial de precios con Estados Unidos.
Ahora bien,
si a esto le sumamos el hecho de que las proyecciones a diez años
de la Secretaría de Energía muestran una expectativa
de casi 50% de crecimiento de la demanda de combustibles para
transporte, el asunto se vuelva crítico.
¿Qué
va a pasar si seguimos subsidiando la gasolina y sigue aumentando
la demanda? ¿Quién lo va a pagar?
Por supuesto,
habrá quien argumente que el precio al que se compra la
gasolina varía en el mismo sentido del precio al que se
vende el petróleo, lo cual es cierto. Sin embargo, es una
enorme pérdida de oportunidades ya que, en lugar de utilizar
el dinero para, digamos, hacer más atractivo el transporte
público, lo usamos para subsidiar, digamos, las gigantescas
camionetas de los ricos mexicanos (que incluye, por supuesto,
a más de un político).
Igualmente,
no tenemos que perder de vista que al norte y al sur de nuestro
país (Estados Unidos y Centroamérica) los precios
de la gasolina no están controlados y quien tiene auto
se ha enfrentado a un aumento de más de 50% en el precio
de la gasolina en los últimos años (que ha llevado,
entre otras cosas, a que se caiga la demanda de autos grandes
y a que la gente deje de utilizar el auto para ir a la tienda
de la esquina). En esos países, la gente se queja pero
acepta el hecho de que la gasolina está sujeta a precios
de mercado.
Sin embargo,
en México domina la necesidad de popularidad de los políticos
lo que lleva a políticas de costosísimos subsidios
(como ocurre para la electricidad y como ahora ocurre para la
gasolina), a gigantescas inversiones en vialidades para autos
(como el Segundo Piso de López Obrador) y a permitir importaciones
de cerca de 300,000 vehículos viejos (los “chocolates”)
al año.
Y si a esto
añadimos que México es un país que está
comprometido con la lucha mundial contra el cambio climático
(con posibilidades de tener que asumir compromisos en los próximos
cinco años al terminar el período de compromisos
por el Protocolo de Kioto), pues la necesidad de hacer algo se
puede convertir en una obligación.
El hecho es
que México enfrenta un enorme reto energético y
ambiental que sólo se resolverá con políticas
decididas y de largo plazo donde lo que se promueva sea el uso
del transporte público y lo que se castigue sea el uso
indiscriminado de los automóviles y, en particular, de
los grandes y de los ineficientes.
En esa lógica,
el aumento al precio de la gasolina es una medida que se tiene
que tomar en la medida en que los que la consumimos debemos pagar
su costo real y en la medida en que, si hay subsidio, que este
sea al transporte público y a todo lo que nos facilite
la movilidad no motorizada.
No hay de
otra…
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