Ahora que
las tensiones en la frontera de Turkía con Irak aumentan
y el precio del petróleo bordea (y a momentos rebasa) los
90 US$/Barril, se renueva aceleradamente el interés en
el ahorro de energía.
Así,
en muchos contextos de política pública nacionales,
se le mira como una solución de corto plazo que puede resolver
un problema que, evidentemente, es de carácter estructural.
Por lo mismo, al convertirse esta situación de precios
altos del petróleo en un problema político y al
irse diseñando y poniendo en marcha acciones que pueden
servir para reducir la presión económica y social,
las correspondientes al ahorro de energía se van quedando
al final de las listas de acciones y, al estabilizarse la situación,
el poco ánimo de realizarlas se diluye.
Sin embargo,
la experiencia demuestra que llevar a cabo programas nacionales
de ahorro de energía puede tener resultados de corto plazo,
que estos programas son socialmente rentables y que pueden tener
un impacto significativo, pero, para eso ocurra, que hay que integrar
los elementos que los hacen posible de manera sistemática.
En esta línea,
lo que experiencia internacional refiere como los elementos clave
para lograr que un programa nacional de ahorro de energía
sea exitoso son cuatro: (a) información, (b) inversión,
(c) normalización y (d) gestión.
Información
El ingrediente
más barato y más útil en un programa de ahorro
de energía es la información, entendida como el
conjunto de datos que sirven para tomar decisiones.
Desde una
perspectiva de diseño de estrategias, es muy importante
que quienes diseñan programas de ahorro de energía
tengan a la mano información no solo de la cantidad de
energía que se consume, sino también en qué
se consume y cuánto le cuesta a quien consume. En otras
palabras, es muy importante saber el uso que se le da a la energía
y el volumen y las características de los dispositivos
que la consumen (el refrigerador, el auto, la caldera, el sistema
de iluminación). Es con esta información que se
puede dimensionar el tamaño del esfuerzo en términos
de número de acciones y de recursos necesarios para llevarlas
a cabo.
Por su parte,
a un usuario final que está interesado en ahorrar energía
le es muy importante saber cuánto consume, en qué
energético, en qué la consume (¿para iluminar?
¿para mover un auto? ¿para autoabastecerse de electricidad?)
, qué equipo lo consume (¿en uno nuevo o en uno
viejo?), a qué hora lo consume (¿en hora pico?),
cuanto paga por ese consumo y qué y cuanto cuesta tener
una solución que permita reducir ese consumo.
En este sentido
recuerdo la experiencia que tuvo la Conae con el edificio corporativo
de una aerolínea mexicana. En este caso, al integrar la
información relativa al qué, cómo y cuando,
se hizo evidente que el gigantesco edificio tenía el aire
acondicionado prendido para todo el edificio cuando solo lo requería
para el jefe (que se quedaba más allá del horario
de la mayoría del personal) en un solo piso. Este pequeño
descubrimiento le significó a la empresa ahorros que se
ubicaron en varias decenas de miles de dólares al año.
Desde la perspectiva
de un programa nacional, el que el gobierno facilite el acceso
a información de tarifas y precios y de alternativas tecnológicas,
y que apoye en que los usuarios para que sepan ubicar, integrar
y analizar la información de sus instalaciones puede servir
para ahorrar energía pronto y significativamente ya que
el solo proceso de recabar esta información lleva muchas
veces a las medidas que se pueden llevar en el corto plazo.
Como referencia
a esto se ubica lo que ha venido realizando la Comisión
Nacional para el Ahorro de México (Conae) desde 1998, cuando
estableció el primer sitio de Internet en el sector de
la energía en México y lo utilizó para apoyar,
en los años subsiguientes, a los usuarios de energía,
en particular a los operadores de edificios públicos y
a los operadores de las instalaciones de Petróleos Mexicanos
(y que después se extendió, con éxito, al
sector privado).
Así,
el solo saber que un motor es de un modelo que (por antigüedad)
tiene unos cuantos puntos porcentuales por debajo de la eficiencia
de los nuevos en el mercado y que opera un número grande
horas al año puede ser suficiente para estimar un ahorro
que puede justificar una inversión de alta rentabilidad.
Es
aquí donde entra el segundo elemento: la inversión.
Inversión
En muchos
sentidos las inversiones en ahorro de energía consisten
en la sustitución de energía (en forma de combustibles
o electricidad) por un poco de material (como puede ser el cobre
que mejora la eficiencia de un motor o el chip de un sistema de
control que permite un uso racional) que se paga con lo que uno
no paga de energía.
Un ejemplo
de esto puede ser la lámpara ahorradora, donde los kilowatts-hora
que no consume (que se calculan como costo una lámpara
ahorradora repartido entre todos los kilowatt-hora que ahorra)
cuestan menos que los kilowatt-horas comprados a la empresa eléctrica.
Sin embargo,
muchas veces la inversión en ahorro de energía no
se hace porque no se confía en la tecnología o porque
se tienen otras prioridades de inversión. En este sentido
las activas mentes de quienes han buscado aprovechar un negocio
evidente como este del ahorro de energía han diseñado
esquemas como el de los contratos de desempeño, que son
aquellos donde un tercero toma el riesgo de las inversiones que
permite que una instalación tenga el ahorro que se logra
con esas inversiones.
Existen también
estrategias con mayor intervención estatal, como lo puede
ser la creación de un fondo revolvente que sirve para apoyar
a los usuarios en la identificación de las oportunidades
y en su financiamiento. En este sentido, el Fideicomiso para el
Ahorro de Energía de México (FIDE) es una extraordinaria
referencia para una acción de este tipo.
Ahora bien,
si lo que se tiene es desconfianza sobre una tecnología,
una medida clave es la regulación.
Normalización
Para
los propósitos de este documento, la normalización
se refiere al proceso que establece y garantiza las características
de un producto o sistema.
La normalización,
en este sentido, permite regular las características que
se le exigen a los productos o sistemas bajo un mismo método
de prueba y establecer el marco legal en el que operan las organizaciones
que lo hacen posible.
Este es, quizá,
el elemento más complicado de tener en los programas de
ahorro de energía de alcance nacional, en particular para
economías pequeñas con volúmenes de venta
de equipos y sistemas que no son suficientes para justificar el
establecimiento de laboratorios de prueba, los cuales, podría
afirmarse, son el elemento central de los sistemas de normalización
y certificación de equipos.
Sea como fuere,
esto de la normalización se debe sostener y fundamentar
en las mejores prácticas internacionales que integran patrones
de medida, laboratorios de prueba, instituciones de certificación
y entidades de acreditación los cuales deben estar en sintonía
con los mercados de donde son importados los equipos y sistemas
que ahorran energía.
Desgraciadamente,
por su propia complejidad y costo, este es el aspecto más
descuidado de los programas de ahorro de energía. Sin embargo,
la referencia de lo logrado en México a través de
la Conae es fundamental ya que, aún y cuando tomó
cerca de seis años para armar la estructura necesaria y
tener resultados, el establecimiento y “ensamble”
del sistema de normas, laboratorios, organismos de certificación
y entidad de acreditación ha permitido que, en los diez
años que siguieron a tener en funcionamiento el sistema,
se haya evitado, en promedio para los diez años, el consumo
al equivalente del 2.5% del consumo anual de energía eléctrica.
Gestión
El último
elemento en los programas de ahorro es, quizá, el menos
acreditado pero el que la experiencia me ha mostrado (quizá
por mi formación de ingeniero industrial) que es el fundamental:
la gestión.
En mi personal
entender, la gestión es la actividad que lleva a cabo una
persona o una organización para cumplir un proceso que
lleva a un objetivo. Así definido, la gestión tiene
tres componentes: la persona o personas que la realizan, el objetivo
y el proceso.
Para un programa
de ahorro de energía, el objetivo se ubica en el nombre
de la acción. A su vez, las personas son las que tienen
la responsabilidad de llevarla a cabo y el proceso son los pasos
que estas personas tienen que dar para lograr el propósito.
Por supuesto,
el que existan las personas y se tenga el propósito o que
se tenga una descripción del proceso y su propósito
no son suficientes. Es aquí donde se ubica la importancia
de la organización y las personas que la integran y que
las personas involucradas combinen no solo la buena voluntad de
llevar adelante el proceso sino también la capacidad técnica
que les permita integrar los elementos y dirigir el proceso.
De
esta manera, sin una persona o grupo de personas que tengan la
capacidad técnica y la voluntad de llevar adelante programas
de ahorro de energía, va a ser muy difícil integrar
los otros elementos: la información, el financiamiento
y la normalización.
Si quieres
opinar sobre este documento, mándale un correo al editor:
demofilo@prodigy.net.mx