Palabras
del Ing. Odón de Buen Rodríguez en el Foro
de Debate sobre la Reforma Energética.
27 de mayo de 2008.
Estimados
legisladores, señoras y señores,
Yo agradezco
la invitación para participar en esta serie de discusiones
sobre el futuro de PEMEX y de la industria petrolera de
México.
La verdad
es que la invitación me honra tanto como me sorprende,
esto en la medida de que mi vida profesional la he dedicado
a asuntos que no tienen que ver directamente con la explotación
del petróleo.
Dada
pues la oportunidad, yo tendría dos cosas que decir:
(1) que es más que evidente y urgente la necesidad
de hacer algo para modernizar a PEMEX y mejorar las condiciones
actuales de nuestra industria petrolera; y (2) que, al mismo
tiempo y con la misma intensidad y urgencia, deberíamos
estar ya discutiendo qué vamos a hacer para quitarnos
esa enorme y peligrosa dependencia del petróleo que
tienen las finanzas públicas y nuestra economía.
Sobre
lo primero yo diría que festejo que el Gobierno Federal
haya tenido el valor de poner el tema sobre la mesa, que
lo haya documentado y justificado, y que haya buscado un
difícil respaldo político para hacerlo; y
que es evidente que lo que ha propuesto puede ser mejorado
y que hay mucha, muchísima gente con ideas para mejorar
a PEMEX y que, afortunadamente, muchos de ellos y ellas
vendrán a esta mesa a hacerlo.
En este
mismo sentido yo solo quisiera añadir que me inquieta
mucho que se afirme, por actores de ambos lados del espectro
político, que el petróleo debe ser el motor
del desarrollo de México. Por un lado, yo creo que
en este momento puede ser ya una expresión tardía,
a “toro pasado”. Por otro lado, como ingeniero
mecánico electricista, para mí un motor es
una máquina, no el combustible, por lo que, en su
caso, el petróleo es el combustible que alimenta
al motor.
Y, entonces,
¿cuál es el motor o cual debería serlo?
Pues yo creo que la respuesta debe ser que somos nosotros,
los mexicanos, los que somos el motor del desarrollo de
México.
Digamos
que, más que el petróleo, lo que en realidad
debe mover a México es la capacidad productiva de
los mexicanos, su ingenio e imaginación, su ánimo
de progreso, su ánimo de mejora.
Ése
debe ser el motor.
Entonces,
además de encontrar las fórmulas para mantener
con vida una industria con evidentes signos de pronta declinación
en el mundo, mucha de nuestra capacidad creativa debería
estar ya trabajando para empujar con mayor intensidad la
necesaria transición energética hacia la era
post-petrolera.
Lo interesante
e igualmente fascinante es que no cabe duda de que somos
parte de una generación afortunada.
Esto
lo digo porque en ninguna otra generación se podían
mover todos los días miles de millones de seres humanos
decenas de kilómetros con un esfuerzo no mayor al
de pisar un pedal.
Asimismo,
en ninguna otra generación y de manera tan amplia
entre todos los sectores de la población se podían
consumir alimentos frescos traídos de miles de kilómetros
de distancia para ser refrigerados en la propia casa por
semanas sin que se echen a perder, o vivir cómodamente
en desiertos, o tener agua en nuestros hogares con solo
mover una perilla, o iluminar nuestros hogares noches enteras
sin que nos cueste más que unos pesos.
Sin
embargo, esta ampliación que pareciese ilimitada
de comodidades tiene límites a los que ya hemos llegado.
Esta
evolución y crecimiento extraordinarios han estado
basados, en los últimos cien años, en la reserva
natural de hidrocarburos del planeta, la cual tomó
cientos de miles de años en acumularse, y que hoy
día se consume a gran velocidad y que, según
gente muy seria, está ya al borde de una declinación
acelerada.
Igualmente,
los seres humanos y otras formas de vida existimos porque
existe una delgada capa luminosa en la que habitamos. Esa
delgada capa es la atmósfera terrestre y no es más
ancha que unos kilómetros, no es más extensa
que la distancia que recorremos en menos de diez minutos
en un auto a gran velocidad. En esa delgada capa está,
sin embargo, toda la vida que se conoce en el Universo.
Ahí es donde ahora vivimos y donde vivirán
nuestros hijos, nuestros nietos, nuestros bisnietos y toda
la vida y humanidad que tomará nuestro lugar en los
años y siglos por venir.
Así,
la combustión de estos enormes volúmenes de
hidrocarburos ha resultado en crecientes problemas ambientales
en ciudades y regiones enteras, además de transformar
las características químicas de esa delgada
capa luminosa, llevando a un creciente aumento de su temperatura
promedio y poniendo en riesgo a grandes regiones del planeta
por acelerados y radicales cambios en el clima.
Es en
ese contexto global donde se ubica México y, evidentemente,
no es ajeno ni a la declinación del petróleo
ni a los fenómenos del cambio climático.
Sin
embargo, y en función de lo que me ha tocado ver
y vivir en toda mi carrera profesional, parece que en México
solo queremos aferrarnos al pasado en un mundo que cambia
aceleradamente y en donde el cada vez más escaso
petróleo será cada vez más castigado
por su carácter contaminante y porque, afortunadamente
para el planeta, se han ido encontrado alternativas para
reducir la dependencia del petróleo.
Estas
alternativas, cabe decirlo, no tienen ni formas únicas
ni toman el lugar del petróleo de un día para
otro. Estas alternativas están, a su vez, del lado
de la oferta y del lado de la demanda.
Estas
alternativas, como en su momento ocurrió con el mismísimo
petróleo, se van integrando lentamente a la economía
a lo largo de varias décadas en forma de instalaciones
de aprovechamiento, de líneas de manufactura de materiales
y equipos, de empresas que los distribuyen y los operan,
de profesionales y técnicos capaces de diseñar,
construir y operar estos sistemas, y de grandes porcentajes
de ciudadanos que conocen las alternativas y que las aceptan
y demandan.
Así,
por el lado de la oferta, además del gas natural,
las energías renovables como el viento, la energía
solar, la bioenergía, la hidroeléctrica y
la geotermia pueden contribuir, en un altísimo porcentaje
y a costos hoy día competitivos, a la sustitución
del petróleo.
Sin
embargo, no tiene sentido que busquemos alternativas para
alimentar sistemas que son ineficientes y que desperdician
energía.
Precisamente,
hace unos días, al realizar un recorrido por la ciudad
que en mi auto podría tomar quince minutos y que
me tomó dos horas por la gran congestión urbana,
yo me preguntaba: ¿estamos discutiendo tan apasionadamente
el tema del petróleo para que lo terminemos quemando
parados, montados en autos de ocho cilindros, por horas
diarias en el tráfico?.
Igualmente,
sentado en una mañana fresca en la Ciudad de México
en una sala de juntas de un edificio de grandes ventanales
tuvimos que prender el aire acondicionado porque el edificio
funciona más bien como un invernadero. En este sentido,
de acuerdo a mis cuentas, un solo edificio de 10 mil metros
cuadrados mal diseñado puede estar quemando inútilmente
mil barriles de petróleo por año. Entonces,
¿por qué quemar inútilmente petróleo
para generar electricidad si podemos diseñar mejor
los edificios?
Finalmente,
al abrir la llave del agua de la casa de ustedes me acordé
de que la tercera parte del agua que llega por tubo a la
Zona Metropolitana de la Ciudad de México lo hace
de una profundidad de pozo profundo (más de un kilómetro)
y recorre cerca de 150 kilómetros y para lo cual
se consume el equivalente a 3.4 millones de barriles por
año. Me acordé, además, que esa misma
cantidad de agua es la que se desperdicia.
¿Es
para esto para lo que queremos el petróleo? ¿Para
tirarlo sin uso útil y sufriendo sus impactos ambientales?
¿Qué
no podemos promover agresivamente el transporte público
en las ciudades?
¿Qué
no podemos fomentar la capacidad creativa de nuestros arquitectos
e ingenieros y construir edificios que en vez de usar petróleo
para expulsar la abundante energía solar que les
llega, en su lugar la aprovechen e, inclusive, tengan excedentes
de energía que puedan compartir?
¿Qué
no podemos tratar el agua o usar el agua de lluvia para
no tirar cientos de miles de barriles de petróleo
para moverla de tan lejos?
¿Qué
no podemos multiplicar rápidamente, con tecnología
probada en el mundo, con técnicos mexicanos y a costos
menores que los sistemas basados en petróleo, el
aprovechamiento de la abundante energía solar, del
viento y de la bioenergía?
Yo creo
que sí, yo creo que si podemos, pero para eso tenemos
que darle, yo creo, tanta importancia a la construcción
de la transición hacia el mundo post-petrolero como
la que le damos a lo que hoy nos reúne.
Por
supuesto—y como ya he referido arriba—esto involucra
un proceso que dura varias décadas y que requiere
de grandes inversiones, de decenas de miles de profesionistas
y técnicos capacitados, de leyes, de normas, de instituciones,
y de empresas que hoy son apenas incipientes en nuestro
país.
Por
supuesto también, si no empezamos hoy, seremos profundamente
irresponsables.
Y es
por eso que aprovecho esta oportunidad que amablemente me
han brindado para hacer una atenta y urgente solicitud a
esta soberanía y a los poderes del Estado Mexicano
a que, como se hace ahora con el petróleo, se inicie
la construcción de las alternativas para el México
post-petrolero.
En fin,
que tenemos todos mucho trabajo. Por lo pronto, les deseo
suerte y mentes claras para que resuelvan pronto y bien
el tema que hoy nos reúne y así pase menos
tiempo antes de que nos reunamos de nuevo a discutir temas
igualmente importantes.
Muchas
gracias.