Hay
algunos buenos amigos y colegas que se preguntan porqué
he tomado de manera tan personal el proceso de la iniciativa
de ley de fomento de energías renovables que anda en
estos días paseándose por recintos legislativos
mexicanos.
Por
supuesto, está el hecho de que, como muchos otros (y
en particular los queridos colegas de Asociación Nacional
de Energía Solar) he dedicado parte de mi vida productiva
a labores orientadas a que las energías renovables
se aprovechen cabalmente en México. Desde aquellos
ya lejanos años de finales de los setentas en los que
el Dr. Gustavo Best me orientó y me dirigió—para
que me dirigiera la tesis de licenciatura—con un excelente
maestro, el Dr. José Luis Fernández Zayas, no
he dejado de estar, de una manera u otra, a una lucha compartida
con muchas otras voluntades y entusiasmos.
Sin
embargo, no fue sino hasta octubre de 1996, en Xalapa, Veracruz
y siendo presidente de ANES Enrique Caldera y yo Director
General de la CONAE, que me empecé a interesar en la
política de fomento, más allá del desarrollo
de conocimiento y tecnología. Fue precisamente allí
donde pedí a la comunidad de ANES que me ayudara a
definir qué hacer para apoyar sus esfuerzos, como autoridad
federal, para llevar adelante a las energías renovables.
Fue allí donde establecí un compromiso que duró
los siguientes seis años que tuve a mi cargo la CONAE.
Unas
semanas después, las comunidades de ANES y de la CONAE
se reunieron en un concurrido y entusiasta seminario en el
Museo Tecnológico de la CFE que tuvo como principal
conclusión la creación, sugerida visionariamente
por el Dr. Fernández Zayas, de un consejo consultivo
sobre el tema que funcionase permanentemente. Cuatro meses
después, y ya entrados en 1997, nace—como una
alianza estratégica entre el gobierno y la sociedad
civil—el Consejo Consultivo para el Fomento de Energías
Renovables (COFER), operado de manera consensuada entre la
CONAE y ANES.
No
podemos decir que con el COFER se haya logrado poder romper
siquiera una de las barreras mayores que se han puesto y que
tienen por delante las energías renovables en México
para ser aprovechadas en México, pero sí podemos
decir—cuando menos en los años en los que me
tocó trabajar con la comunidad que se fue construyendo
alrededor del COFER—que fue un foro muy útil
y una clara oportunidad para que los actores principales y
los nuevos actores de este tema—principalmente del sector
privado y de gobiernos estatales—se conocieran e intercambiaran
información y discutieran iniciativas de política
pública.
Fue
en el contexto del COFER, precisamente, que fuimos trabajando
una discusión informada y de alto nivel sobre políticas
para el fomento de las energías renovables, en particular
las que se pueden aprovechar para generar electricidad. Sobre
ese tema, se puede decir que el COFER y la CONAE, a lo largo
de cinco años, prepararon las bases de lo que hoy es
la iniciativa que se maneja en el Congreso de la Unión.
De
los recuerdos personales de este proceso, nunca se me va a
olvidar la expresión nerviosa del Ing. Gustavo Domínguez—queridísimo
colega que conocí en la CFE, que llevé a la
CONAE, que murió hace poco más de dos años
y que en esos días se estrenaba como coordinador en
la CONAE—cuando, allá en el Camino Real de Saltillo
en 1997, le tocó moderar a tres grandes personajes
en la mejor sesión de la primera reunión que
la CONAE organizó para discutir alternativas para establecer
políticas de aprovechamiento cabal de las energías
renovables para la generación de energía eléctrica
en México. Fue en esa sesión donde el entonces
Presidente de la Comisión de Energía de la Cámara
de Diputados, Sergio Benito Osorio, intercambió opiniones
con el Dr. Raúl Monteforte—entonces (y ahora)
Comisionado de la Comisión Reguladora de Energía
(CRE)—y el Dr. Luis Cerda, Director General de Política
Energética de la SENER y pieza clave en el equipo del
mejor subsecretario que ha estado en esa secretaría,
el Dr. Jorge Chávez Presa. Don Gustavo salió
bien librado y la reunión demostró que había
camino que recorrer hacia la definición de política.
A
principios del año siguiente, en 1998, sale a la luz
la propuesta de Reforma Eléctrica del Presidente Zedillo
y es mi entonces jefe, el Secretario Luis Téllez, quien
la tiene que pelear y defender. Por razones obvias, el tema
de las renovables tiene que guardar, en primera instancia,
en bajo perfil. Sin embargo, en los primeros meses de ese
año se llevan a cabo una serie de intercambios de opinión
por escrito con expertos, principalmente de Estados Unidos,
que analizaron la propuesta del Presidente Zedillo. Aquí
debo recordar la participación de Jan Hamrin, especialista
internacional en el tema quien trabajó ese documento
y que siempre ha participado en las reuniones internacionales
de la CONAE alrededor del tema de las energías renovables.
Precisamente,
una de las conclusiones más importantes de las opiniones,
basadas en experiencias de otros países donde se habían
llevado adelante reformas eléctricas como la considerada
para México, iba en el sentido de que era muy importante
integrar a las energías renovables en los instrumentos
de una reforma ya que, de hacerse sin algún tipo de
consideración particular a las energías renovables,
sería muy difícil volver—cuando menos
por unos años—a “abrir el expediente”
de para una nueva reforma que las incluyera, en particular
por las pasiones que las discusiones de la reforma traerían
consigo.
Es
en ese contexto, y con el visto bueno del Dr. Luis Téllez
(quien inauguró el evento), que llevamos a cabo, con
el apoyo del Programa Universitario de Energía de la
UNAM y en el Museo Tecnológico de la CFE, la segunda
reunión internacional—en el contexto del COFER—sobre
el tema, esta vez bajo la lógica de “la participación
de las energías renovables en mercados reestructurados”.
Debo recordar que esta reunión se llevó a cabo
hacia finales de 1998, cuando, ya para entonces, la propuesta
de reforma estaba claramente atorada.
En
los meses siguientes la atención de la CONAE se concentró
en transformarse en órgano desconcentrado de la SENER.
Para septiembre de 1989, después de diez años
de incertidumbres y gracias al apoyo y voluntad del Dr. Luis
Téllez, la CONAE dejo de ser una comisión intersecretarial
con todas las incertidumbres institucionales y presupuestales
que esa condición había conllevado. Precisamente,
el decreto de creación de la nueva CONAE marcaba, claramente,
su papel en la promoción de las energías renovables,
aspecto que hasta entonces no estaba formalmente establecido
en todo el Gobierno Federal.
De
la misma manera—y hasta octubre de 2000—la atención
de la comunidad solar y de la CONAE en el tema de energías
renovables se concentró en llevar a cabo, bajo la presidencia
en ANES del Dr. Roberto Best, el Foro Solar del Milenio de
la International Solar Energy Society (ISES), evento que había
logrado ANES gracias al compromiso que, en 1997, había
establecido el Dr. Jesús Reyes Heroles y que los doctores
Manuel Martínez y Claudio Estrada habían llevado
a Corea del Sur a la reunión de la ISES, organización
principal del evento. Fue, a final de cuentas, un evento memorable
para la comunidad, con la primera visita de la comunidad solar
a un Presidente de la República, una cena de gala en
las escalinatas interiores del Palacio de Bellas Artes y una
exposición industrial con decenas de expositores.
Al
entrar una nueva administración federal en Diciembre
de 2000 y una vez pasadas las incertidumbres iniciales respecto
de la continuidad en la CONAE, se retoman la iniciativas para
establecer políticas de aprovechamiento cabal de las
energías renovables para la generación de energía
eléctrica en México. Es en 2001 cuando se llevan
a cabo dos actividades muy importantes en este sentido, una
con la Agencia Internacional de Energía (AIE) y otra
con la Comisión de Cooperación Ambiental de
Norteamérica (CCA).
La
más importante, no solo en ese año sino de todas
las que me tocó vivir como responsable de la CONAE,
fue la que organizó la CONAE conjuntamente con el Instituto
de Investigaciones Eléctricas (IIE) y la AIE a mediados
de 2001. Esa fue la reunión—que fue posible gracias
a la iniciativa y contactos del Dr. Jorge Huacuz— que,
en mi opinión, dejó claramente establecidos
los principales elementos que deben tener una política
de fomento de energías renovables en México:
precio preferencial, contratos de largo plazo, prioridad en
el despacho e incentivos basados en desempeño, no en
inversiones. Igualmente, dejó claro—en oposición
de las opiniones de muchos y muy respetables colegas en ANES—que
lo que se necesita para México en cuanto a política
pública para el fomento de las energías renovables
es poner el énfasis en el desarrollo del mercado de
renovables, no el de la tecnología de aprovechamiento.
Ya
para entonces, por cierto, en la CONAE manejábamos
el concepto de un posible mercado de “energía
verde” y, gracias a una intermediación del Dr.
Miguel Breceda—colaborador entonces de dicha comisión
trinacional—la CONAE consiguió que la CCA pagara
una encuesta de la empresa Gallup sobre la perspectiva de
los cien mayores usuarios de electricidad en cuanto a su posible
participación—como compradores—en un mercado
de este tipo. Fue una encuesta cuyos resultados, aparecidos
hacia finales del 2001, reforzaba la opinión de la
CONAE de llevar adelante un mercado en donde CFE creara una
categoría especial de tarifa por medio de la cual transfiriese
los costos de las energías renovables a los usuarios
que la tomasen, pero donde la CFE asumiese los compromisos
de largo plazo con los generadores con energías renovables.
De esta manera, los generadores tendrían la certidumbre
que les permitiría asumir el financiamiento necesario
para hacer las inversiones de las plantas.
Esta
idea, sin embargo, no progresó. Por un lado, el Ing.
Ernesto Martens—quien, siendo Secretario de Energía
era un entusiasta de las energías renovables pero que
también había tenido experiencia empresarial
al más alto nivel—no consideró suficientemente
convincentes los resultados de la encuesta de la CCA como
para pensar que una iniciativa como la analizada fuera realista.
Por otro lado, en una nueva reunión internacional—esta
vez organizada a través del COFER con el Center for
Clean Air Policy y el Coelegio de México—se concluyó
que un mecanismo de mercado de energía verde no era
lo más recomendable en un contexto institucional como
el de México.
Esta
propuesta siguió unos meses en el ambiente y hasta
fue presentada en una reunión que el Dr. Rubén
Dorantes, entonces Presidente de la ANES, promovió
en el Congreso, donde sólo se quedó en eso.
Sin
embargo, fue una comida mía a principios del 2002 con
el recién llegado subsecretario Francisco Barnés,
que la dinámica cambió y lo hizo en muchos sentidos.
Allí, buscando temas, me pidió que le explicara
el concepto de la “energía verde”. Yo le
expliqué el concepto y él se entusiasmó.
La idea tomó otro nivel y otro mensajero. El proceso
de la construcción de propuestas y de política
también cambió, regresando a los cerrados pasillos
de la Secretaría.
Para
bien o para mal, fue el momento en el que la SENER recuperó
el tema que había mantenido vivo—a pesar, en
muchos momentos, de lo que se opinaba en la propia SENER—la
CONAE. En los meses siguientes, sin la participación
de la CONAE y del COFER, la SENER se puso en contacto con
el Banco Mundial e hizo su propuesta—basada, evidentemente,
en lo que había hecho la CONAE en el contexto del COFER.
Vinieron
entonces, motivados por razones de presupuesto pero, también,
por el entusiasmo de su Director General por “causas
equivocadas”, tiempos muy difíciles para la CONAE.
Por allí de junio, un escueto memorándum de
un funcionario de la Oficialía Mayor me comunicaba
que el presupuesto para 2003 iba a ser el 40% del que se aplicaba
en 2002. La decisión de cerrar CONAE, manejada secretamente
en la SENER, entraba en operación. Vinieron entonces
meses muy difíciles donde se vivió a diario
el dilema de la lealtad al jefe versus la lealtad a un tema
y a mí mismo.
A
final de cuentas, después de una serie de duras escaramuzas
con funcionarios de la SENER, la CONAE sobrevivió,
al salir al quite Luz y Fuerza del Centro y aceptar que se
tomase cerca de 40 millones de pesos de su presupuesto para
que CONAE pudiera seguir operando. Esto solo sirvió
para mantenerla con mínimos recursos, pero no para
permitirle nuevas iniciativas. A inicios de 2003, estaba ya
muy acotada y se pidió un recorte masivo de personal
(de cerca del 40%). Con lealtad pero con mucho dolor, negocié
que se cortaran las áreas menos fundamentales. Contra
mi voluntad—y con el argumento de que “duplicaba
el trabajo del IIE”—el área de energías
renovables desapareció.
Fue
entonces que decidí renunciar y fue, precisamente,
en la semana en la que esperé mi cita con el Ing, Martens
(que no sabía porqué lo buscaba) que tuvo lugar
un reunión, convocada por el Dr. Barnés, para
“recoger las opiniones de la comunidad” sobre
un proyecto de “energía verde” “diseñado
por la SENER”. En esa sala, curiosamente, la mayoría
eran personas y representantes de organizaciones que, a lo
largo de casi siete años, se habían ido integrando
a la comunidad alrededor del COFER.
Fue
muy doloroso no escuchar una sola mención ni a la CONAE
ni al COFER. Hubo, debo decir, una mención a mi persona,
en el sentido de que yo había dicho que lo importante
era desarrollar mercados, no dispositivos—cosa que es
totalmente cierta—a lo cual fue añadido un pequeño
editorial: “seguramente se lo habrá copiado a
alguien más”.
Después
de esa reunión la comunidad nunca más fue convocada
a opinar. A partir de entonces en ningún momento—y
aunque es mencionado como instancia de intercambio de opiniones
con interesados en el tema—el COFER nunca fue convocado
para analizar nada que tuviera que ver con políticas
de fomento a renovables.
Dos
años más tarde y después de dos cambios
de secretario, tres de subsecretario y tres de director general
de la CONAE, aparece esta iniciativa, la cual tiene sus antecedentes
en todo lo que refiero. Obviamente, no podemos pedirles a
los actuales que sepan esta historia. Creo que a nosotros
corresponde recordarla.
Con
su permiso, pues.