El
sentido del progreso
Por Benjamín de Buen K.
Dejamos
la mantequilla afuera, junto al fregadero, y amaneció
líquida. Es por costumbre que la ponemos ahí,
no por error. La mantequilla no se echa a perder al aire
libre, es más, se echa a perder en el refrigerador
porque untarla sobre el pan tostado, cuando está
fría y dura, según dirían los australianos,
es peor que sacar muelas. Había un charco de mantequilla
en el plato donde, normalmente, mantiene su forma de ser.
Pero no fue la única que no pudo dormir, pues la
del 11 de enero fue la noche más calurosa que ha
pasado el estado de Victoria en más de cien años.
Mucho ha cambiado desde las olas de calor del 2009: se han
extremado precauciones para evitar los incendios o -mejor
aún- las pérdidas de vidas humanas por incendios.
La clasificación del riesgo fue modificada y existe
ahora la alerta de nivel catastrófico que, por primera
vez, se utilizó el día de aquella noche en
algunos distritos del norte donde aparte de calor habría
viento.
Otra modificación interesante para remediar las fallas
del 2009, fue que se cambió al operador del transporte
público en Melbourne. Desde diciembre, Connex, de
origen francés, fue sustituido por Metro, una compañía
con base en Hong Kong. Aunque Connex tenía muchas
fallas, no se le puede culpar por el calor que nos toca,
tanto así que su reemplazo tiene los mismos problemas
ahora que volvió el calor. Más bien, es imposible
vivir en esas condiciones y nada funciona. Ni siquiera la
mantequilla.
Así nos recibió Melbourne luego de estar en
el Distrito Federal durante algunas semanas: con todo su
calor. Y dejamos el D.F. a punto de congelarse, junto con
el resto del hemisferio. Fue una visita que, para fines
de este texto, dejó las impresiones que mencionaré
a continuación.
Hace no mucho tiempo aparecieron en el mundo objetos que
parecían milagrosos por la característica
de usarse una vez nada más, antes de ser catalogadas
como basura: lo desechable. Mucho antes que nosotros, los
americanos ya lo tenían, y sin ningún fundamento,
diría que el colmo fue la cámara desechable.
Se usaba durante un ciclo de 36 fotos y luego ya no servía
para nada. A México también le llegó
esta “bendición” y pronto todo nuestro
sistema de reciclado se fue por un tubo. Quedan pocos reductos
de los envases retornables en México, uno de ellos
es el de la cerveza, que recicla sus botellas, y el de los
refrescos Yoli, que en el estado de Guerrero aún
conserva su vieja identidad, como mantequilla escondida
en el refri, y se bebe en botellas que se pondrían
de moda por ser “retro”.
En todo el mundo están de moda las bolsas verdes.
Aquellas que se acumulan en esta su casa. Salvo por el diseño
y el color, ¿no son lo mismo que las antiguas bolsas
que se usaban para hacer el mandado? Y mi otra pregunta:
los “cerillos” que guardan el mandado en bolsas
de plástico, ¿sobrevivirán cuando éstas
desaparezcan? Varias veces en el D.F. cuando realizaba alguna
compra menor, que podía llevar cargando en las manos,
le quería decir al “cerillo” que no me
diera bolsa, pero luego me di cuenta que lo dejaría
sin su propina. Al final le pagaba por quedarse ahí
parado.
Un último ejemplo: antaño hervíamos
el agua de la llave para beberla. Ahora se acostumbra comprarla
en botellas de todos tamaños y aunque algunas son
reciclables, quién sabe qué fuente de agua
estén explotando para obtenerla y a quién
le esté generando un ingreso.
Hace muchos años que México estaba adelantado
a sus tiempos: no teníamos objetos desechables, comprábamos
verduras y frutas de temporada en los mercados, y usábamos
la versión precursora de la bolsa verde -la abuela
de la bolsa verde-, la del mandado. Y de alguna manera,
como nos suele pasar también en el futbol, terminamos
en desventaja, pero no tiene sentido que ahora estemos así
tratando de remediar la situación, porque tampoco
tiene sentido deshacer el progreso que nos bendijo. Eso
y dejar la mantequilla al aire libre en una noche de calor.
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