Hace ya unas semanas, rodeado del verde jardín
trasero de la casa presidencial, el Presidente de México
presentó, con expresiones de gran compromiso, la Estrategia
Nacional de Cambio Climático.
Acompañado por el Premio Nobel de Química y varios
secretarios de estado, Felipe Calderón hizo un apasionado
posicionamiento personal sobre la necesidad de acción en
México para combatir el Cambio Climático que incluyó
una serie clara de acciones que se pueden llevar a cabo en diversos
ámbitos de la economía y la sociedad mexicanas y,
además, claras referencias a las resistencias que en el
sector energético (y en el propio gabinete) hay para que
México actúe con mayor vigor y determinación
para ser ejemplo al mundo de lo que se puede hacer para enfrentar
este problema planetario.
Fue, indudablemente, el discurso más claramente ambientalista
de un Presidente de México del que tengo memoria.
Sin embargo, tan pronto los participantes recogían y ojeaban
los ejemplares del documento que, en papel reciclado tipo libro
de texto gratuito, era entregado a la salida, la realidad de los
compromisos de algunos de los que conforman la Comisión
Intersecretarial de Cambio Climático se hizo evidente.
Primero, porque la estrategia no lleva asociada compromisos de
metas ni recursos para llevarla a cabo. Segundo, porque en lo
que se refiere a mitigación muchas de las acciones son
solo sugerencias que ya han sido hechas antes sin cumplirse o
parecen lograrse con la pura inercia de lo que ya está
establecido (como las NOMs de eficiencia energética).
Así, a unos días de presentada la estrategia (que
para mitigación tiene a la Secretaría de Energía
como principal actor) el Subsecretario de Electricidad ya anunciaba
el estar “considerando” la energía
nuclear, una medida importante de mitigación que no está
en la estrategia (pero que tiene otras implicaciones ambientales
que no hay que perder de vista)1. A su vez, en CFE
se hicieron declaraciones en el sentido de se que está
considerando el uso del carbón (el peor combustible en
relación al Cambio Climático) en el largo plazo2.
Igualmente, como referimos en un artículo hace algunas
semanas, CFE no tiene en este momento incentivos para entusiasmarse
por cualquier medida que reduzca sus ventas (como el ahorro de
energía y el autoabastecimiento con energías renovables)3.
Asimismo, de las medidas de mitigación resalta el hecho
de que las Normas Oficiales Mexicanas de eficiencia energética
tengan el primerísimo lugar. Aparte de que este es un hecho
que personalmente me llena de orgullo y que reconoce la labor
de muchos años y de mucha gente que, dentro y fuera de
la Comisión Nacional para el Ahorro de Energía,
las han hecho posible, me quedo con la impresión de que
las reducciones que se comprometen son las que se logran con el
trabajo intenso de 1993 a 2003 y no con acciones nuevas.
Igualmente, estas intenciones no parecen estar inmersas en las
estrategias actuales de la Conae, donde sus funcionarios de más
alto nivel, en eventos públicos relacionados a vivienda
y construcción, no argumentan con la intencionalidad que
debería corresponder a favor de las normas establecidas
o consideradas para eficiencia energética en inmuebles,
aún y cuando los inmuebles (de uso residencial o comercial)
consumen tanta electricidad como la industria4.
A su vez, como anotaba un reportero de Canal 11 a la salida del
evento en la casa presidencial, la estrategia no incluye acciones
específicas en las operaciones del Gobierno Federal. Este
comentario me hizo pensar en el sentido de que hubiera tenido
un enorme valor simbólico que el Presidente de México
comprometiera, para todos los edificios de la Administración
Pública Federal, reducciones significativas de su “huella
de carbono” a través de una intensificación
del programa de ahorro de energía que la Conae estableció
para ese propósito desde hace ya varios años y/o
de compromisos de un porcentaje de uso de “energía
verde” para esos edificios. O a nadie se le ocurrió
o alguien no lo permitió (lo cual hace ver mal a todos).
En fin, que las buenas intenciones de Felipe Calderón
para hacer de México un ejemplo mundial en la lucha contra
el Cambio Climático tendrán que enfrentar las barreras
y las resistencias inmersas en las reglas de operación
y la cultura institucional de una administración pública
estancada en el pasado y amarrada a las necesidades políticas
del corto plazo.
Por lo mismo, quizá el recurso más importante del
Presidente, más allá de la burocracia que lo rodea,
sea la sociedad informada y atenta al quehacer gubernamental que
identifique y proponga acciones para ese loable objetivo.
En otras palabras, nosotros también tenemos nuestra tarea.