El cambio climático o calentamiento global
se ha convertido en una moda que aparece en todos los medios masivos
de comunicación y ocupa cada vez más espacios físicos
y electrónicos del mundo de la información.
A propósito de este boom en los
medios del tema, hace unas semanas estuvo en México el
“apóstol del cambio climático”,
Al Gore, para transmitir el mensaje de su cruzada para dar a conocer
a la población del planeta los efectos negativos y la urgencia
de actuar frente al cambio climático global.
Pero… ¿Qué es esto del cambio
climático? Resultaría una pregunta obligada que
debería ser medianamente sencillo responder para cualquier
persona que ve la “tele” con cierta frecuencia
y lee ocasionalmente el periódico. Dados los resultados
de lo que observo todos los días en la calle, mi optimismo
sobre esa sencilla respuesta está seriamente sobreestimado.
Mas allá de la respuesta a lo que entendemos
como “cambio climático”, lo que debe
preocuparnos es formular la pregunta ¿…y yo qué
puedo hacer para detener el cambio climático? Evidentemente,
si no entendemos como sociedad siquiera que es esto del “calentamiento
global” o “la ecología”, mucho
menos vamos a tener la posibilidad de entender cuales son las
prácticas que en nuestra vida cotidiana contribuyen a la
emisión de gases de efecto invernadero.
A propósito de nuestra incapacidad social
y cultural para “entrarle” al fondo del problema,
me viene a la memoria un libro que recién publicó
el postgrado en psicología ambiental de la Facultad de
Psicología de la UNAM, al mando del Mtro. Javier Urbina,
con el apoyo del Instituto Nacional de Ecología y en particular
la Bióloga Julia Martínez y donde participaron un
grupo de expertos técnicos, sociales y ambientales para
analizar las dimensiones psicosociales del cambio ambiental global
y las medidas que como población podemos emprender para
disminuirlo.
La etapa de estudio previo a la publicación
del libro resultó especialmente interesante para mi perspectiva
internacionalista seudo-social antropológica, puesto que
el trabajo realizado en esta etapa comprendió, entre otras
cosas, un conjunto de encuestas a sectores sociales diversos,
para evaluar su percepción y conocimiento sobre el calentamiento
global, sus consecuencias y las medidas para mitigarlo.
Entre distintos sectores de la población
–gobierno, población en general, sector académico-
casi no se perciben diferencias respecto del conocimiento del
fenómeno y sobre las medidas que podría emprender
la población para reducir sus efectos. El grado de ignorancia
sobre el fenómeno, sus efectos y las medidas para mitigarlo
o adaptarse a él es similar entre los distintos grupos.
Más trágico aun resulta que el conocimiento sobre
el fenómeno es igualmente limitado incluso entre los funcionarios
gubernamentales, incluso aquellos que supuestamente están
encargados de las áreas de protección al ambiente
en estados y municipios.
Los seres humanos actuamos de manera racional
y en sociedad. Eso nos distingue del resto de los seres vivos
que habitan este planeta y como tales tenemos el dominio de nuestro
propio albedrío y decisiones, además de que poseemos
la capacidad extraordinaria – o desafortunada - de modificar
el entorno que nos rodea para nuestro beneficio y bienestar individual
y colectivo.
Bajo esta noción de sociología para
principiantes sería relativamente simple encontrar la fórmula
para resolver el verdadero reto generacional que nos presenta
el cambio climático, argumento que se reforzaría
en tanto que conocemos la causa del problema (nosotros mismos)
y disponemos de la capacidad económica y tecnológica
para resolverlo.
La realidad es franca y terriblemente diferente.
Los seres humanos, en lo que respecta a cualquier tema ambiental
o relacionado con la protección del entorno del que formamos
parte, actuamos de una manera irracional basada, posiblemente,
en nuestra falsa concepción –religiosa, cultural
o ética- de que somos quienes dominamos este planeta y
que como los únicos dotados de esta racionalidad podemos
hacer con el planeta lo que bien nos plazca. Definitivamente,
no entendemos que como seres humanos formamos parte de un complejo
y delicado equilibrio en un ecosistema y que, por tanto, las acciones
que emprendamos afectan de manera sensible su funcionamiento.
Seguimos aferrados a nuestra noción de
que la sociedad funciona como un colectivo –solo cuando
nos conviene quejarnos de algo- pero marcado por un profundo individualismo–
y trasladamos la solución de este reto ambiental que no
entendemos; a las futuras generaciones. El argumento que escuchó
para darle la vuelta al problema, incluso entre miembros de mi
generación es “… a mi ya no me va a tocar,
que se encarguen los que vienen”.
Al Gore cierra su cada vez mas publicitado discurso
sobre el calentamiento global en “Una verdad incómoda”
diciendo que “afortunadamente la voluntad política
de quienes gobiernan es un recurso renovable”. No obstante,
lo que no es tan afortunado es que la consciencia colectiva e
individual, inercia o cultura del grueso de la población
no es algo que podamos modificar de un día para otro, de
un año al siguiente o incluso a través del paso
de un par de generaciones.
Caminando por la calle o en espera del metrobús
me doy cuenta de que el cambio climático parecería
una moda que apareció de repente y que sirve para elevar
los niveles de rating de los medios de comunicación. No
modificamos nuestros patrones en el uso de la energía y
elegimos ignorar las recomendaciones que -muchas veces ni conocemos-
nos permitirán reducir nuestra "huella de carbono"
o contribución individual a la emisión de gases
de efecto invernadero a la atmósfera. No reducimos, no
apagamos, no caminamos, no reciclamos. Un mensaje complejo que
ha resultado bandera para muchos que antes ni siquiera sabían
que era el dióxido de carbono y ahora se vanaglorian de
su extenso conocimiento sobre esto de la “ecología”.
El problema es que este tipo de mensajes se confunden con las
verdaderas campañas que emprenden quienes si saben y de
algún modo tratan de reproducir un mensaje basado en propuestas
específicas y un conocimiento real de lo que está
significando el cambio climático en diferentes segmentos
de las actividades del ser humano.
La pregunta ahora es que podemos hacer realmente
para que el mensaje sobre los efectos del cambio climático
y las alternativas para su solución se pueda transformar
en acciones y no se disperse como una cruzada romántica
de algunos pocos. Más aun, que el mensaje sea asimilado
en un tiempo definitivamente corto. Afortunadamente, el calentamiento
global del planeta es una realidad y un reto hoy. Tendremos que
actuar no por convencimiento sino por obligación y urgencia
y tendremos que adquirir conciencia sobre nuestro papel y lo que
hemos hecho a este planeta en los últimos 200 años.
Disponemos de la capacidad tecnológica y económica
para hacerlo. Solo nos falta la verdadera voluntad de hacerlo.
Esa va a llegar transformada en la nueva concepción de
supervivencia de la especie humana: Si no actúo, entonces
si me va a tocar.
La CoP de la buena suerte.
Los gobiernos tienen su papel también en
este reto. En breve se acerca la “CoP de la buena suerte”.
La decimotercera conferencia de las Partes de la Convención
Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático
y tercera del Protocolo de Kioto se realizará en Bali,
Indonesia en los próximos meses y trae consigo una buena
parte de definiciones sobre lo que ocurrirá con los compromisos
de los países para hacer frente al cambio climático.
Esta CoP puede resultar especialmente importante
puesto que puede marcar el inicio de dos eventos importantes:
los compromisos de reducción de emisiones por parte de
Estados Unidos y los mecanismos que resulten después de
la conclusión de los compromisos establecidos por el Protocolo
de Kioto.
Lo primero podría resultar el garbanzo
de a libra que daría luz a la solución del calentamiento
global y lo segundo el vaso conductor para crear mecanismos mas
efectivos de reducción de emisiones de los países.
Del mismo modo que está ocurriendo en Irak,
la administración del señor Bush está cada
vez más aislada en su posición de no enfrentar un
problema que ya se le está quemando en las manos. Tanto
al interior de los Estados Unidos como en los distintos foros
internacionales, la presión sobre Bush bien puede determinar
que en los próximos meses o antes de que termine el 2008,
Estados Unidos tenga que entrar al club de la reducción
de emisiones. Basta decir que los discursos sobre el tema –por
más confusos que sean- del señor Bush dan indicios
de este cambio de posición.
No obstante, las cuestiones geoestratégicas
y políticas no dejan de estar a un lado y bien puede convertirse
en un argumento para renovar el “entelerañado”
liderazgo gringo en terrenos de negociación económica
y política. Lo cierto es que los caminos se están
cerrando y Estados Unidos tendrá que reaccionar y reconocer
su importancia como emisor de gases de efecto invernadero. En
todo caso, si esto no sucede en los próximos años,
al señor Bush no le queda mucho tiempo para ocupar la Casa
Blanca y existe una buena probabilidad de quien le suceda no comparta
sus mismas ideas y finalmente reoriente la política internacional
de ese país para enfrentar, junto con el resto del planeta,
el reto más grande de nuestra generación.