Hace
diez años, a inicios del año 1996, se pusieron
en operación en México dos de los programas
de ahorro de energía de más alto impacto que
ha tenido el país: el Horario de Verano y las Normas
Oficiales Mexicanas (NOM) para un conjunto de equipos eléctricos.
Estos
dos programas (que son solo dos de ocho que se han llevado
a cabo en el país) han representado el evitar el
equivalente a la quema de más de 100 millones de
barriles de petróleo (o 50 días de consumo
de energía primaria de todo el país). Nada
más en términos del promedio de precio del
petróleo mexicano en el mercado internacional en
el período (30 US$/barril), esto tendría un
valor de 3,000 millones de dólares.
Estos
programas tuvieron, por su naturaleza y contexto, dos inicios
muy contrastantes. Mientras en ese año el Horario
de Verano arrancó con una gran campaña publicitaria
(que era parte del proceso de implantación de la
medida) las NOM arrancaron calladamente, teniendo como única
evidencia la etiqueta amarilla en español que empezó
a aparecer en los refrigeradores nuevos en todas las salas
de venta del país.
Igualmente,
los impactos de los programas han tenido comportamientos
distintos. Mientras que el Horario de Verano tiene un impacto
que se modifica poco de año en año (porque
depende principalmente del crecimiento del consumo por iluminación
residencial), el impacto de las NOM es incremental, ya que
los equipos que se sustituyen aumentan año con año
y los efectos de los equipos nuevos se acumulan a los de
equipos con NOM de años previos.
A
su vez, los dos programas, por supuesto, no nacieron de
la noche a la mañana ya que requirieron varios años
de preparación.
En
el caso del Horario de Verano (HV), su implantación
fue primero discutida a los más altos niveles del
gobierno por más de dos años y, una vez tomada
la decisión, instrumentada por el Fideicomiso para
el Ahorro de Energía (FIDE), con un amplio proceso
de gestión política y social a lo largo de
1995.
En
el caso de las NOM la historia es aún más
larga y se remonta a los inicios de la CONAE por allá
de 1989, ya que las NOM eran uno de los proyectos que le
da origen. El hecho es que tomó casi seis años
el poder llevar a funcionamiento a las primeras normas ya
que en ese plazo hubo que definirlas, negociarlas, formalizarlas
y establecer la infraestructura para certificarlas.
Lo
importante de todo esto, más que el proceso, han
sido los resultados. El HV, además de darles una
hora más por las tardes a las familias para estar
al aire libre, tiene a su crédito el reducir la demanda
máxima del sistema en un equivalente cercano a los
900 MW (que, como inversión, costarían al
menos 6 mil millones de pesos) y de haber evitado el consumo
de cerca de 12,000 millones de kWh (equivalente a casi un
año del consumo actual de todos los usuarios eléctricos
en el DF), lo que ha evitado la quema de un estimado de
más de 20 millones de barriles de petróleo
(equivalente al consumo de petróleo de 1.5 millones
de autos en un año). Estos ahorros se dan, básicamente,
porque durante 250 días las luces de las casas se
prenden una hora más tarde y una hora menos en la
hora de mayor demanda para el sistema eléctrico.
Las
normas, por su parte, han tenido un impacto que, progresivamente,
ha superado a lo que se ha logrado con el Horario de Verano.
De acuerdo a un informe del Instituto de Investigaciones
Eléctricas (IIE) sobre impacto de las NOM de eficiencia
energética de la CONAE, se ha dejado de generar entre
1996 y 2006 cerca de 52,700 millones de kWh, que es más
de cuatro veces lo que se ahorra por Horario de Verano y
equivale a aproximadamente una cuarta parte de la generación
nacional en 2005. Esto significa, además, que se
han dejado de quemar el equivalente a más de 80 millones
de barriles de petróleo para generar electricidad.
Así,
sumando los efectos de estos dos programas, México
ha evitado quemar el equivalente a 50 días de consumo
de energía primaria.
El
efecto, por supuesto, se ha notado en los comportamientos
del sector. Por un lado, las curvas de demanda máxima
del sistema eléctrico nacional evidencian la caída
significativa de la demanda cuando en la primera semana
de Abril entra en vigor el Horario de Verano. Por otro lado,
los crecimientos del consumo promedio de electricidad del
sector residencial han ido significativamente a la baja
desde 1995 y esta reducción se ha acentuado de 2000
a la fecha (Fig. 1).
Figura
1. Evolución del consumo promedio mensual del sector
residencial en México
Fuente:
www.cfe.gob.mx
Este
efecto, debe señalarse, no se debe nada más
al Horario de Verano y las NOM. Se debe también a
los programas de venta de lámparas ahorradoras por
parte del FIDE (que ya superan las 10 millones de lámparas)
y a que hubo un aumento de tarifas eléctricas a un
universo significativo de usuarios en el sector doméstico
en 2002.
Lo
notable de esto es que ha ocurrido en años en los
que los hogares cada vez tienen cada vez más equipamiento
eléctrico (en particular computadoras) y en los que
ha habido un reconocido programa de vivienda que ha significado
cientos de miles de casas nuevas.
El
hecho es que después de diez años México
puede presumir que, con la participación amplia de
la sociedad (en el Horario de Verano), la iniciativa privada
(en las NOM) y el gobierno (a través de la CONAE,
el FIDE, la CFE y la SENER), ha logrado tener ahorros que
crecen cada día y que permiten que nuestro país
sea más eficiente, menos contaminante y más
competitivo en el mundo.
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